Esta Semana Santa la he vivido desde la cocina del Monasterio
Zen Luz Serena, alimentando a las cuarenta y ocho personas que hemos
participado en el retiro de Acercamiento a la Meditación Zen, impartido por el Instructor
José Manuel Maceiras. Cuatro días sumergida entre desayunos, comidas y cenas.
Cuatro días observando el rostro de felicidad de los comensales, mientras
disfrutaban de los diferentes sabores y texturas de la comida vegetariana. Y de nuevo los dos niveles de conciencia
aflorando en cada movimiento, en cada gesto del cuerpo y de la mente. Dos
niveles de conciencia fundiéndose en uno solo, derritiéndose entre el fuego de
los fogones.
Por una parte me refiero al hecho de vivir conscientemente el
cansancio, el agotamiento físico del trabajo de tantas horas en cocina. Y por
otra parte al hecho de experimentar cómo ese mismo cansancio físico me permite
acceder a un estado de conciencia, donde los mecanismos de defensa se diluyen y
sólo queda la entrega, la felicidad de hacer felices a los otros a través de la
comida, a través del alimento de la vida. Y es en esa entrega donde conecto con
mi verdadero Ser, libre de pensamientos que lo condicionen, o manipulen.
Mientras cocino, mientras el mundo de los pensamientos
desaparece, siento que estoy en casa, siento que recupero la inocencia de ver
las cosas por primera vez. Una manzana, un tomate, o un simple repollo son
suficientes para experimentar la vida entre las manos. Siento que habito plenamente
el cuerpo en el que vivo a través del tacto, de los olores, de los sabores.
Todo lo que veo, todo lo que me rodea es la casa en la que habito, cuando
abandono los pensamientos y solo queda en mi interior el silencio de los
fogones y el crepitar de las ollas de la cocina. Tan sólo necesito “ser y estar”
en el acto de cocinar.
Resulta curioso cómo
según la gramática española, los verbos copulativos “ser y estar” no expresan
nada si no van acompañados por un sujeto que ejecuta la acción y un predicado
que le atribuye las características de la acción al sujeto. Y sin embargo lo
expresan todo, todo lo que es inabarcable, cuando los desnudamos de ese sujeto
y ese predicado que los acompaña.
La alquimia de la cocina zen, es la alquimia de la vida,
cuando permitimos que ella se manifieste sin las interferencias de la mente y
de la cárcel a la que nos somete el pensamiento dualista. La alquimia de la
cocina zen es permitir que ese pensamiento dualista con el que erróneamente nos
identificamos, arda en el silencio de los fogones para que aparezca la magia de
los sabores, la fusión de los alimentos
que nos nutren y nos dan la alegría de ser y estar presentes día a día,
instante tras instante.
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