sábado, 28 de enero de 2017
martes, 17 de enero de 2017
RESPIRAR LA VIDA
Respirar la vida, inhalar y exhalar
la luz del universo en cada movimiento en el que el cuerpo danza sobre el vacío
del aire, sobre las emociones que fluctúan en cada instante, en cada roce, o
interpretación del ego y de la mente. Respirar entre la luz y la sombra lo que
va aconteciendo, explorar entre las diferentes vertientes que nacen de la
aflicción y la alegría. Respirar el milagro de la vida que se despliega por
dentro.
La respiración es el vehículo en el
que navego hacia el momento presente. Todo lo que tengo, todo lo que es, es
esto que está ocurriendo mientras respiro. Aunque visite el pasado, aunque me
proyecte hacia el futuro, vivo aquí y ahora. Aceptar lo que se va dando en el
presente eterno del ahora. Abrir los ojos a la vida, cuando la vida te vive por
dentro y se deja ser. Sentir el recorrido del aire oxigenado por las venas y
arterias, estimulando el proceso eléctrico de cada una de las células que
componen el cuerpo y que nos permiten acceder al movimiento consciente del propio ser. Este es el verdadero regalo de la
vida, vivida desde la conciencia plena de lo cotidiano.
Despertar por la mañana, abrir los
ojos y experimentar la vida desde la forma, desde la sustancia vacua de los
objetos, cuando soy el ser que ilumina con la mirada interna el mundo que nos rodea.
La imagen de una anodina hoja caída en el suelo, o una simple nota de música
atravesando el alma, es suficiente para conectar con la belleza, con la magia
de la luz que ilumina por dentro el universo que nos envuelve, cuando te abres
a vivir y a respirar la vida asumiéndola desde el mismo fluir de la existencia.
martes, 10 de enero de 2017
sábado, 7 de enero de 2017
"ZAZEN Y VIDA COTIDIANA SON NO DOS" Eihei Dogen
Después
de vivir dos años y medio en el Monasterio Budista Zen Luz Serena y de haber
tomado los hábitos de monja, empiezo a comprender las palabras de Eihei Dogen,
maestro budista japonés fundador de la escuela Soto Zen en Japón, cuando habla
de que “Zazen (meditación sedente) y vida cotidiana son no dos”
Meditar
cada día por la mañana, meditar cada día por la noche, me lleva a un estado de
vibración en el que no importa que esté meditando en el dojo, o que esté
cocinando en la cocina, o comiendo, o dando un paseo entre los pinos. Zazen es
para mí un acto de abandono, una manera de soltar las capas enquistadas en la
mente y en el cuerpo, de vaciarme por dentro y conectarme directamente con el
universo, desde el amor y el agradecimiento de estar viva, de experimentar el
cuerpo y la mente, sin el cuerpo y la mente formando parte de un Todo.
Cuando
apago la voz de la mente, cuando el silencio sucede, el universo entero eclosiona
en el interior del cuerpo. Y aunque todo lo viva a través del cuerpo, éste se
vuelve permeable, incluso en determinadas ocasiones se expande sin las aristas
y contornos que lo delimitan normalmente, ya sea en zazen o en la vida
cotidiana, generando un gozo y una felicidad que ni siquiera soy capaz de
describir.
Una
de las experiencias más gratificantes para mí es la comida con los cuencos
oryoki, durante los retiros de meditación zen. El hecho de comer en silencio y
en estado meditativo, me lleva a tomar conciencia de cómo los alimentos que voy
ingiriendo nutren mi cuerpo, de cómo se convierten en sangre, de cómo
fortalecen mis huesos, de cómo me permiten acceder a la vida. Experimentar la
grandeza de los alimentos en el cuerpo es un acto de amor hacia la vida, un
acto de agradecimiento hacia la tierra que nos alimenta y que generalmente
ignoramos y maltratamos. Sentir los nutrientes del campo a través de las frutas
y verduras como el calcio, el fósforo, el magnesio, el azufre…, el oxígeno del
aire, el agua del riego y de la lluvia. Sentir el universo entero generando las
circunstancias idóneas para que esto suceda. Aunque construyamos ciudades de
asfalto, aunque vivamos en torres de cemento, imposible vivir de espaldas a la
naturaleza, porque la naturaleza está dentro de nosotros mismos, nos alimentamos
de ella cada día.
Zazen
es para mí una actitud ante la vida cotidiana que va más allá de estar sentada
sobre el cojín de meditación, es un estado de conciencia que lo abarca todo y
que actualiza, en cada momento, nuestra auténtica naturaleza búdica y sagrada.
Cuando el cuerpo, quieto en estado meditativo, o tendido sobre la cama, o
caminando entre los pinos, o sentado sobre las rocas junto al mar sintiendo el
sol del atardecer en el rostro, se diluye con la respiración, ni siquiera soy
un cuerpo respirando, soy tan solo una energía vibrando en medio del universo,
un amoroso estado de conciencia que hace
que me sienta en casa, esté donde esté y haga lo que haga. No hay separación,
no hay dualidad posible porque todo está en todo y separarnos de ese Todo es lo
que nos genera dolor y sufrimiento.
viernes, 30 de diciembre de 2016
Poema
Yo soy un árbol, una planta
una ladera que respira
un átomo en el aire.
Soy tan solo el instante,
el mismo instante que
confluye
desprendido del tiempo y el
espacio.
Tan solo Soy.
lunes, 19 de diciembre de 2016
EL SILENCIO COMPARTIDO
Rohatsu Sesshin 2016, Monasterio
Budista Zen Luz Serena
La
Rohatsu es un retiro intensivo de meditación, donde se conmemora el despertar
del Buda Sakyamuni. Con el inicio de la ceremonia de la Rohatsu, el silencio se
instala en el monasterio, donde los
periodos de zazen, la meditación sedente, son más largos y profundos que en
otros retiros. En mi caso como Tenzo (cocinero principal de un monasterio Zen) solo puedo asistir a los dos últimos periodos
de la noche, ya que la responsabilidad en la cocina me impide participar en los
demás periodos de meditación.
Poco
a poco nos vamos adentrando en ese silencio compartido, nos vamos convirtiendo
en recipientes vacíos de ruidos externos, de influencias ajenas a la
experiencia misma de vivir el momento. Y en medio de ese silencio, la voz del
Maestro Dokushô Villalba a través de sus enseñanzas, nos habla del yo narrador, de ese yo partidista con el que nos identificamos y nos crea confusión. De
cómo el narrador se va alimentando de experiencias externas y las va
incorporando y como poco a poco se va generando una grieta entre el yo narrador y el yo que experimenta. Nos habla de la importancia de reconocer los
tres niveles de kleshas (aflicciones) o errores cognitivos que nos generan
dolor y sufrimiento, nos habla de los cinco obstáculos como el deseo, la ira,
la indolencia, la avidez, la duda, y cómo reconocerlos en zazen (la meditación
sedente). Sus palabras son como destellos de luz que atraviesan mi mente y se
instalan en el cuerpo, más allá del intelecto.
Cada
mañana, mientras los participantes de la Sesshin meditan en el dojo, yo
permanezco en la cocina calentando la guen-mai para el desayuno, una sopa de arroz
integral con verduras, de cocción muy lenta. Es todo un proceso de meditación y
de atención plena a la acción misma de remover, con un cucharon, el contenido de la gran olla, en el sentido de
las agujas del reloj durante más de media hora. En ese corto espacio de tiempo
en el que caliento la guen-mai y los meditadores permanecen en el dojo algo
sucede, algo que transciende el nivel ordinario del mero hecho de remover una
sopa de arroz. Del mismo modo que el arroz, el agua y las verduras se van
fundiendo con el calor del fuego, siento cómo mi cuerpo se va derritiendo, se
va cociendo y licuando junto a los alimentos y el yo narrador del que hablaba el maestro, adherido desde siempre a mi
memoria, enmudece. Y es en ese momento cuando advierto que el silencio me
alcanza, el silencio me habla y se expresa a través del silencio. Mientras sigo
removiendo la sopa de arroz experimento que la ausencia del parloteo mental es
la vía de comunicación sin palabras. Que al igual que el agua limpia y purifica
nuestro cuerpo, el silencio limpia y purifica nuestra mente. Nos lleva a un
estado de vibración en el que poder hablarnos desde el corazón, desde la misma
presencia del Ser que nos unifica.
En
ese estado limpio de pensamientos, inicio el desayuno con los cuencos oryoki,
que significa “es bastante”, comer lo justo y necesario. El ritual de los
cuencos es una manera meditativa de alimentarnos, de prestar atención a cada
gesto, a cada movimiento. De experimentar con agradecimiento, los diferentes
colores, sabores, olores, texturas de los alimentos que nos nutren y nos dan la
vida.
Poco
a poco nos vamos adentrando en la experiencia de la Rohatsu, una práctica
continuada de atención plena a lo que se está realizando en cada momento, ya
sea durante el trabajo consciente, la meditación en el dojo, o en la comida con
los cuencos. La energía del grupo se va unificando, se va volviendo una sola
vibración, un solo cuerpo hasta llegar a la noche de Mara, en la que se celebra
la iluminación del Buda Sakyamuni.
A
lo largo de la noche de vigilia los periodos de zazen, la meditación sedente,
se van alternando de manera continuada con el kin-hin, la meditación caminando.
Mi cuerpo sentado sobre el cojín se mantiene erguido, la columna vertebral
estirada, atenta y vigilante a cualquier tipo de pensamiento emoción, o
sensación que pueda surgir en el universo mental. Es toda una experiencia
mantenerse expectante sin dejarse atrapar por el apego o el rechazo. A pesar
del cansancio físico, la energía del grupo me sostiene. El cuerpo del buda se
manifiesta a través de la energía que nos aúna. Al igual que el arroz se funde
con el agua y las verduras a través de la cocción, siento en el grupo un proceso
similar al de la fusión de los alimentos, aunque cada uno conservemos nuestras
propias particularidades, hay algo que nos entrelaza formando un solo tapiz,
una sola forma expandida de conciencia que nos une, mediante el silencio del zazen compartido.
viernes, 16 de diciembre de 2016
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